“Aquel que no viaja no conoce el valor de los hombres” dice un antiguo proverbio moro. Mi pasión por viajar comenzó cuando tenía 12 años. Recuerdo que anterior a esa edad era bastante tímida y lo desconocido me daba miedo. Pocas veces viajé en mi infancia y quizás por eso no logro hilar algún recuerdo importante. Pero todo cambió con un viaje que hice a los 12 años.

Vivía sola con mi madre. Una de sus mejores amigas la invitó a pasar quince días en su tierra natal: Chiapas, México. Enclavado en la selva hay una pequeña comunidad llamada La Azteca. El poblado está unos kilómetros antes de llegar a Arriaga cruzando los límites con el estado de Oaxaca.

El autobús

Recuerdo que hicimos maletas y nos apresuramos a ir a la Terminal del Sur, en la Ciudad de México. La experiencia comenzó con el viaje en autobús. Quince horas de viaje eran algo que nunca viví. La carretera Panamericana cruza toda la parte sur de México y llega hasta Centroamérica. El sinuoso camino hubiera sido suficiente para darme unos mareos terribles y llegar con el estómago revuelto en el mejor de los casos. Pero en esa ocasión fue diferente. Las montañas, el paisaje y los pasajeros me tenían bastante entretenida.

El autobús paró en una comunidad justo antes de salir de Oaxaca, y paró ahí porque los pasajeros le imploraron al chofer detenerse con el argumento de que los mejores restaurantes de mariscos se encontraban allí.

La llegada

El autobús seguiría su viaje hasta Tonalá pero nosotras nos bajamos al pie de la carretera justo donde comienza la localidad de La Azteca. Ahí nos encontramos con la familia que nos hospedaría. No había mesones, ni posadas, y mucho menos hoteles lujosos. La Azteca es una comunidad muy pobre. Los habitantes se dedican a la pesca, la agricultura y la ganadería. Cerca de ahí hay una presa que abastece de agua al poblado. Ahí también la gente suele pescar.

Apenas logro recordar el nombre de nuestra anfitriona, Amanda una mujer de 65 años que toda su vida trabajó en el campo. Fue muy gentil y como aquí y en China la manera en que demostró su hospitalidad fue ofreciéndonos algo de comer. Así que colocamos nuestro equipaje en la sala y nos sentamos a la mesa.

La comida

Debo reconocer que para ese entonces la comida era un problema para mí. Nada me gustaba, era bastante melindrosa, pero en ese ambiente no podía ponerme exigente y eso fue lo mejor que me pudo haber pasado.

Me sirvieron un par de huevos estrellados. El huevo en cualquiera de sus presentaciones siempre fue algo evité hasta ese momento. Acompañados con una salsa verde y unos totopos me parecieron un platillo delicioso. Luego el plato fuerte: un bagre frito con frijoles refritos. Al no haber luz eléctrica los refrigeradores no tienen razón de ser. Las técnicas de conservación son las mismas de antaño, preservando las carnes con sal. No sé si esa fue la razón de que el pescado tuviera un sabor diferente, bastante exquisito.

Luego un buen trozo de queso de aro envuelto en hojas de plátano y epazote. Tampoco era fan de los lácteos hasta ese momento. A partir de ahí mi paladar despertó a otra realidad.

La gente

Toda la comida y la experiencia de viaje queda incompleta sin las personas que te rodean. Un viaje no tiene sentido si no te relacionas con las personas del lugar. En realidad el que viaja aprende el valor de los hombres. Un lugar es por la gente que lo habita. Las personas moldean su entorno e implantan costumbres, una manera de ser distinta y nunca idéntica a otras culturas. Siempre que viajes recuerda que no lograrás descubrir el lugar que visites sin conocer a aquellos que lo habitan.

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